"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

21 abril 2017

Piano, voz, vainilla.


Para Sinéad O’Connor.

Como cantaba aquel, de vez en cuando la vida. A mí no se me brindó en cueros ni me besó en la boca. No hubo nada de eso. Me trajo silencio y abrazos invisibles. Me dio horas de viaje sin moverme del sitio. Puso voz a mis pensamientos y se hizo suyas mis reflexiones. Hubo risas que no resonaron en paredes y sonrisas que no iluminaron caminos. Fuimos una burbuja en un bar.
Un nosotros que es nuevo y que nadie conoce, ni siquiera nosotros mismos. Un encuentro, en el tiempo y el espacio, en la vida. La oportuna oportunidad escondida en notas de piano, en una dulce melodía que luego se amarga en despedidas. Fue un regalo, una bomba, una trampa.
Y dejó huella. Cicatriz sin herida. Dejó un pensamiento y una huida silenciosa, una espina sin rosa. No hubo amor ni nada que se le parezca, y el sexo se quedó fuera, más allá de las fronteras que dibujamos en el margen de una libreta. Construimos un instante y lo hicimos nuestro. Y me gusta pensar que fue destino quien puso la primera piedra, casualidad y suerte de encontrarnos.
Que se nos hizo de noche compartiendo vivencias, musicales, miedos. Que una tarde puede valer siglos y que existimos más allá de los espejos. Que hay otros que somos nosotros, que cabe tu vida misma en los ojos de alguien. Porque hay abrazos que se piden, que se pierden, que se dan por cortesía. Hay abrazos que comprenden y protegen, que despistan. Porque hay calor fuera del cuerpo, viajando en las distancias cortas, en las miradas a otra parte. Hay calor que es comprensión y entendimiento sin palabras. Hay arte en cada casa, aunque esté lejos. Existe la magia.


Ayer compartí un momento, un instante reconfortante. Ayer tuve un encuentro conmigo mismo en alguna parte. Ayer conocí a mi redención, y olía a vainilla.

05 marzo 2017

A veces, a ratos.


No quiero acordarme pero me acuerdo. A veces, a ratos.

Me viene a la mente su cuerpo, como un velero que se recorta en el horizonte, y me trae un verano de luces y verbena, y espuma de mar y de cerveza, y una música de guitarra que se oye a lo lejos, en la plaza. Muy lejos de este cuarto, de esta hora intempestiva de ventanas abiertas a la madrugada. Los cuerpos aún sudados.Todo por reír y nada más que decir, y mi reino por una samba más o un vals o un mordisco leve en la mejilla.

Se me antoja su cuerpo y su figura, y se dibuja y desdibuja al mismo tiempo. Son la nostalgia y la mentira, bailando juntas. La recuerdo como entonces, como siempre. La recuerdo como no quiero recordarla y el entonces y el siempre se mezclan creando un cóctel que me explota en la cara. Y me quema la piel como quemaban las piedras al sol ese verano, quema como el alcohol que nos arrastró a la cama tantas noches, como el último trago antes de una pelea o el primer chupito después de un beso.

Y aunque quema, vuelve. Y aunque duela, volverá. A veces es un olor entre las sábanas, a veces un frenazo. Una guitarra, cómo no, o una bicicleta cuesta abajo. A veces es queriendo y a veces sin querer. A veces es un suicidio prolongado y otras una muerte prematura por sobredosis de nostalgia. No sé cómo ni cuándo, ni tampoco por qué, ni creo que lo haya. Pero volverá. Porque cuando quema, vuelve. Y cuando duela, volverá.

Porque no quiero acordarme, pero me acuerdo. A veces. A ratos.

Me acuerdo. Siempre.

Los veranos.


Aquella voz me hacía diluviar.
Aquellas manos rasgaban mis entrañas como se rasgan las cuerdas de una guitarra.

Tengo la mala costumbre de buscar piedras con las que tropezarme para después poder pedir auxilio en forma de palabras. Y ella… ella tiene la mala costumbre de volver sin avisar. Me asalta en el metro cuando escucho música o me besa mientras escribo y me empuja hacia lo escrito, y me susurra, bajito, que la escriba. Y lo peor es que al entrar no se limpia las botas y luego me deja el piso lleno de nostalgia. Y cuando me ducho para alejarla el agua sale helada y me rompo a escalofríos. Intento no llorar cuando está presente, por no darle el capricho. Pero no es fácil. Nunca fue fácil. Sus dedos en mis llagas, su boca en mis intentos, sus ojos aquí y aquí y allí y por todas partes. Vigilándome, riéndose, recordándome que la recuerde, que ella ni se acuerda pero no soporta la idea de que la olvide. Porque lo sé. Sé que a ella se le atraganta el orgullo y a mí… a mí se me caen las canciones, o me llueven las balas de su risa y me cala hasta los huesos.


Al cabo de un rato se me pasa, pero entonces ya estoy roto. Sacudo la cabeza y me ato los miedos en corto. Recojo los veranos y los guardo en el cajón de los momentos que un día serán canción. Desando mis palabras y me recompongo a cafés y a silencios. Un silencio reparador, descalzo, de luz entre persianas. Y tan solo dejo una lágrima de propina antes de levantarme y seguir caminando, buscando la próxima piedra con la que caerme los veranos.