"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

17 agosto 2016

Dos cuerpos suspendidos en el aire.


Dos cuerpos suspendidos en el aire. Los pies anclados al terrado para no salir volando y los brazos alrededor de la cintura para detener el viento, para abrazarse un decenio más. Sus ojos cerca, reinventando el cíclope de Cortázar, pisoteando la literatura con versos baratos. Les gusta improvisar sonetos, a veces relatos, a veces sólo palabras. Una tras otra, intentando capturar en esa cadena algún que otro sentimiento parecido al que les golpea el pecho y les rasca los lacrimales. Palabras capaces de describir la belleza que se escapa de sus ojos marrones, con toques claros los de ella, de sus pestañas que los esconden a ratos en un juego travieso y macabro que a él le vuelve loco. Palabras que se acerquen a sus mejillas que piden mordiscos a gritos, a sus mejillas donde viven duendecillos invisibles que, como entre las bambalinas de un teatro, tiran de unos hilos para levantar sus comisuras, el telón de su sonrisa. Y el espectáculo es impresionante. Su risa, su risa tonta y su risa sincera, su risa de los domingos, su risa de niña mayor. Sus labios como estanterías donde guardar todos sus registros del reír, su catálogo de diversiones, siempre a su lado.

Dos cuerpos suspendidos en el aire, a pocos centímetros del suelo. Sus pies desnudos, sus almas descalzas. Sus miradas perdiéndose en un siglo de recuerdos de habitación. Sus dedos queriendo atrapar sus minúsculos miedos y chafarlos como a insectos, derrotarlos como a soldados heridos, sin la piedad que tanto conocen los sabios. Sus dedos inconscientes y jóvenes que sólo piensan en sexo y que lo buscan, y sus manos cómplices de la travesura, que tan bien conocen el camino hacia el final de su espalda, y se saltan los peajes del decoro y derrapan en sus curvas, al borde de un precipicio peligroso y tentador. Sus cuellos encorvados, las mejillas sobre el hombro del otro. Y un baile que nace del viento, como un vals de boda futura, como un juego de niños que nadie debe ver. Un momento tan puro y bello que no merece interrupción ni palabras. Se permiten un beso o dos pero dejan que el silencio se haga con ellos, que los sentimientos que se describen con mudas consonantes les sobrecojan los corazones, se los estrujen y los lancen lejos para tener que ir buscarlos como perros con ganas de jugar, como jóvenes sin miedo a perderse, sin miedo a la muerte. Como riesgo intrínseco de la vida por el que están dispuestos a pasar, a veces de puntillas, a veces remangándose la pernera y metiendo la pata hasta el fondo.


Dos cuerpos suspendidos en un aire que huele a domingo, que cae el sol como caen los minutos, que amenaza con hacerse de noche en un descuido. Un viento que se levanta fresco y veraniego pero con reminiscencias de un otoño que tarde o temprano llegará. Y que llegue, que aquí lo esperan. Un otoño que perderá las hojas y le saltarán los colores, un otoño que se sumará al contador, que se meterán en el saco de los otoños compartidos. Porque ésa es la única intención de esta tarde, de esta vida; compartirla. Sentirse vivos en una mirada, sentirse a salvo en un abrazo y morir de asfixia en un beso. Sentirse, el uno al otro, nada más. Quedarse suspendidos, sólo un rato más, como dos globos que se escapan de las manos de unos críos y se elevan al cielo, sus cordeles entrelazados, dispuestos a vivir una aventura lejos de todo, allí arriba, libres y juntos. Felices. Azules al abrir los ojos.

15 marzo 2016

Incendio.


Duró lo que tenía que durar, pero me supo a poco. Creo que a ella también.

La nuestra es una historia que se explica rápido. Nos conocimos en un bar, como muchas otras parejas. Yo había entrado a pedir cambio a la camarera. Ella estaba sentada en una de las mesas, sola. Leía. El pelo recogido y el humo del café queriendo acariciárselo. Recuerdo eso. Y sus dedos, que me parecieron delicados y firmes a la vez, como de haber empuñado bolígrafo en la universidad o tomado notas en una rueda de prensa. Eran dedos con carácter, a mi parecer. Pero los recuerdo sobre la cucharilla, removiendo el café con una gracia y una ternura propias de un artesano. Podría decir que todo esto pasó a cámara lenta, pero en realidad fue un instante.

Sería precioso decir que su visión me cegó y Cupido me atacó por la espalda. Pero no fue así. La camarera estaba tan ocupada que ni se había percatado de que estaba ahí, en la barra, esperando a ser atendido. Así que me acerqué a la mesa más cercana.
La saludé con timidez y casi no le di tiempo a reaccionar. Le pedí lo que necesitaba; cambio de 10€ en monedas, por favor. Ella leyó un par de líneas más, las que le faltaban para terminar aquella página. Puso el punto de libro y lo cerró. Fueron cinco segundos, quizás seis. Diez. Si hubiese necesitado aquellas monedas para extinguir un incendio, el edificio se habría calcinado. Sin embargo, yo no tenía prisa ninguna. Y creo que fueron aquellos segundos –que a mí me parecieron gloria– los que me enamoraron de ella. Su afronta a un mundo que no se detiene, que tiene prisa pero que debe respetar su lectura como quien venera a un dios. Su total falta de servidumbre hacia el extraño que le pedía un favor, su actitud sosegada y su pataleo interno por tener que detener su lectura –lo vi en sus ojos, y con el tiempo supe lo peligroso que era interrumpirla cuando leía– me cautivaron. Sonreí como el año pasado, que fue un buen año –éste estaba siendo una mierda y llevaba meses sin encontrar un motivo para sonreír. Una rebeldía mía–.
Me dio las monedas que necesitaba y me despedí si quererlo. Ella casi ni me miró; volvió a sumergirse en su libro y pude ver que aquella burbuja era mejor no pincharla. Me alejé unos pasos sin darle la espalda, como si no confiase del todo en su abstracción y fuese en realidad una trampa, una estrategia de caza –y yo me habría dejado apresar sin resistencia–. Un mordisco en la yugular, un arañazo en la espalda. Cualquier cosa me habría valido.
Pero para ella yo ya estaba en otro planeta, muy lejos de allí. Y, sin embargo, no había fuerza capaz de moverme ni ley universal que explicara aquello. No hubo pinchazos en el corazón ni mariposas en ningún sitio. Solamente un cortocircuito cuya consecuencia era quedarme ahí de pie, como un tonto esperando un caramelo.

Sin pensármelo dos veces –ni una– me senté frente a ella. Aún tardó unos segundos en mirarme, los que necesitó para terminar aquella página. Luego alzó la vista. Recuerdo que sus ojos estaban manchados de palabras como sus labios de espuma de café. Se relamió y me derretí. De un parpadeo borró todas las palabras de sus pupilas y apareció mi reflejo. Y me recompuse.
Esbocé una sonrisa; genuina y a todas luces necia. Ella no respondió al gesto. Ninguno de los dos habló. Ninguno de los dos se percató de que el café ya no humeaba, ni de que el sol se reflejaba en el azucarero, ni de que nuestros pies estaban a pocos centímetros de pisarse, con ganas. Ninguno de los dos supo que decir, supongo, o no quisimos decir nada. Por no estropear el momento. Por no rompernos la ilusión, por no apagar una sonrisa que llevaba meses apagada. La mía. La suya seguía escondida, quizás entre las páginas del libro.

Nos miramos durante una década. Se nos hizo de noche en los ojos y amanecimos ancianos, pero juntos. Hubo silencio de bar y un roce invisible. Se colaron varios meses en un pestañeo y lo que se antojaba el inicio de una palabra sólo fue un suspiro largo y profundo, un suspiro de alivio al vislumbrar la orilla. Un suspiro que duró un par de siglos, por cierto.


Y nos dimos un beso que duró tres años. Tres años que me supieron a poco. Y creo que a ella también.

01 septiembre 2015

CAPULLO (7 letras) | Capítulo 1


Todas las noches hacía lo mismo; se sentaba en el alféizar de la ventana, se fumaba un cigarrillo a la luz de la luna, se dejaba invadir por la nostalgia y se preguntaba a sí mismo arrugando el rostro: ¿cómo es posible que Tarzán siempre fuera afeitado si vivía en la jungla?

Una de las cosas que más odiaba era afeitarse. Por las mañanas ni hablar, porque tendría que levantarse dos horas antes. Y por la noche tampoco, porque… ¿para qué retrasar el momento de meterse en la cama sólo por pasarse una cuchilla por el cuello? Pues claro, visto así.
Por eso se afeitaba por la tarde. Después de comer, normalmente. Y no cada día, ni mucho menos. Solamente se pasaba la cuchilla cuando su barba parecía un estropajo. Mientras tanto, convivía con sus pelos, soportando el sudor que se acumula en el bigote durante el verano y alegando que estaba de moda lo de llevar barba cada vez que le preguntaban. Era un capullo de campeonato.

Y no lo digo sólo por lo de la barba. Qué va. Era un capullo porque lo era. Yo lo sé bien. Lo conocí hace muchos años. Muchos. Muchos muchos. Bueno, tampoco tantos, a ver si os vais a pensar que soy un viejo. No lo soy. No del todo. Depende de lo que consideres ser un viejo.
Si eres de esos que creen que si a los treinta no tienes hijos ni pareja estable ni casa se te ha pasado el arroz, eres un mal cocinero. Y un capullo también. Qué manía con juzgar a la gente. Si estoy soltero es porque quiero. Soy exigente. Si no tengo hijos es porque estoy soltero y no me apetece adoptar. No, gracias. Y si vivo con mis padres es porque… Porque soy un capullo.
Pero ése es otro tema. Lo que quería decirte es que, como bien habrás intuido, tengo más de treinta. Pero menos de cuarenta eh, ojo. Que a mí no se me cae el pelo, ni me duelen las rodillas al levantarme del sofá, ni tengo que mear en una palangana, ni echo pan a las palomas en el parque. Aunque, es una lástima, porque lo de las palomas me encantaría. Adoro esos animales. Grises y con ojos de locura, que vuelan atolondradamente y que planean en secreto cómo dominar el mundo. Son unas capullas, por eso me encantan. De ahí que, si por mí fuera, les echaría pan cada día. Pero claro, tengo que vivir en una sociedad encorsetada, encarpetada y encrucigramada. Esto último no existe pero tengo la teoría de que todo el mundo hace crucigramas a escondidas porque creen que está mal visto pero ellos se lo pasan bien con su placer oculto y prohibido. Vamos, que yo hago crucigramas, sí, y me creo que todo el mundo lo hace pero no lo dice, como yo. Y que vivo en una sociedad que impone unas normas absurdas y unos prejuicios que nunca me permitirán dar de comer a las palomas hasta que cumpla los sesenta y pico. Hay que joderse.

Otra cosa que me jode es la corrección. Que me digan lo que tengo que hacer y cómo hacerlo. Que me corrijan los errores ortográficos con bolígrafo rojo y que me regañen por decir una palabrota. ¿Sabéis lo que le digo a esa gente? Que se meta los bolígrafos rojos por… por donde les quepa. Sí, esa gente es mi jefe, y como no me da la gana perder mi empleo, pues me callo. Soy un capullo, ya lo sé.

Así que ya somos dos capullos; el de la barba y el de los crucigramas. Vaya dos, eh. Os han tocado los protagonistas malos, los que nadie quería para su relato. Es una putada, sí, pero es lo que hay. Si no te gusta siempre puedes hacer como yo cuando salgo del despacho de mi jefe; me encierro en el baño y suelto todos los tacos que se me vienen a la cabeza. Algunos me los invento y todo. Soy muy creativo con las palabrotas, y me jode que eso no se valore. Tendría que haber más palabrotas. Así, en general. Y en los crucigramas también.

De todos modos, todo esto de las palabrotas, de afeitarse y de echar pan a las palomas es una introducción. Es un primer acto capullo, como nosotros. Pero espérate, que ahora viene lo mejor; estos capullos están a punto de liarla. Mucho. Demasiado. No sé cómo acabará la cosa, pero estamos decididos a hacerlo.

Vamos a cargarnos al capullo de mi jefe.