"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

15 octubre 2016

No te enamores al principio.


No te enamores al principio. No todavía. Es normal que ahora la veas radiante, que te parezca un ángel o una sirena o mitología hecha mujer. Pero, hazme caso, no te enamores aún. Ahora la ves perfecta, claro. Pero es una ilusión. Sería como enamorarse de una película o una canción. Está bien, pero no dura para siempre. Espera a que llegue el momento oportuno. No te estoy hablando del matrimonio. No, no va de eso. Te estoy hablando del momento oportuno para enamorarte, con el riesgo a que se acabe pronto o a que sea eterno. Con el miedo a cagarla y a que te hagan daño. A enamorarte, con todas las letras. Te estoy diciendo que no tengas prisa por sentir mariposas en el estómago, que criarlas demasiado pronto es enjaularlas. Es absurdo que pierdas el sueño por ella porque te ha arrebatado el corazón en un instante. El amor ha llegado a ti como una brisa, y te crees que es anuncio de un verano pero quizás sea primavera con polen, con alergia, o tal vez el preludio de una tormenta eléctrica, fantástica y nefasta a la vez. Todavía no tienes ni idea de lo que te espera, pero ya quieres enamorarte.

Pues espérate.

Espérate a conocer sus defectos, a saber en qué lado de la cama le gusta dormir, qué cara pone después del sexo, y antes, justo antes. Espérate a conocer el barrio en el que creció, a jugar con ella al escondite en el jardín de su infancia. Cuando tengas permiso para pisarle algún que otro recuerdo con nombre de capullo o de coserle una herida de herencia familiar, entonces podrás enamorarte de ella. Obsérvala cuando se cree que nadie la ve, relamiendo el cuchillo untado de Nocilla o adecentando las cortinas, escondiendo unas arrugas que nadie más había visto. Mordiéndose la lengua mientras deshace el nudo de sus auriculares. Espérate a que le entre la llorera sin motivo pero con una carga tremenda de culpa atrasada, a que se le caigan las ganas de salir a la calle o se las deje olvidadas vete a saber dónde.
Cuando sepas qué deseos esconde debajo de la almohada antes de dormir, entonces enamórate de ella. Hasta las trancas. Enamórate cuando sepas dónde se esconden sus cosquillas y cuando llegues a ellas por un camino que hasta ahora sólo conocía su padre. Enamórate cuando hayáis roto juntos alguna regla, cuando os hayáis saltado una norma. Si eres capaz de esperar a que te abrace por detrás, como los traidores y los amigos que te guardan las espaldas, entonces tendrás derecho a enamorarte de ella.
Eso sí, importante: enamórate de ella. No de su risa, que es agradable pero te cansará a la larga. Ni de sus canciones ni de sus elocuencias de madrugada. Enamórate de ella, en su conjunto. De ella, simplemente. Si acaso de sus tonterías o de alguna conversación que tenga la fuerza suficiente para remontaros el vuelo, o del abrazo que dio un giro a los acontecimientos o la lágrima que cayó en el momento oportuno. Pero tampoco te fíes en exceso de esos detalles, que escasearán con el tiempo, ya verás. Es mejor que te enamores de ella. Y que tengas el aguante de enamorarte una y otra vez. Porque esto no se va a quedar así. Si no te debías enamorar al principio, ahora tampoco cierres la subasta. Sigue apostando porque vas a perder, muchas veces, mucho tiempo. A cambio, ganarás años de vida y sentido para afrontarlos. Que esto empieza con mariposas en el estómago y acaba con puñales en la espalda ya deberías saberlo. Pero que nació con nervios y morirá con una noción de aplastante sentido común, la sensación de haber conocido una única certeza en la vida y, si tienes suerte, un saquito de bonitos recuerdos que llevarte; eso… eso lo descubrirás luego. Así que prepárate para enamorarte una y otra vez, porque va a cambiar. Y tú también, que no eres inmune. Esto va así.

Y si pudiste esperar y no enamorarte al principio, quizás ahora estés preparado para enamorarte de verdad. Porque no te enamoras una vez, al principio. Te enamoras cada vez, y de verdad.

30 septiembre 2016

Carrera en solitario.


Ahora que estás escuchando los Beatles, déjame que te escriba un texto que suene a Jonas Brothers.
Que tenga ese sonido adolescente que hoy te provoca vergüenza ajena pero que en su momento paseaste con cierto orgullo. Ese sonido a guitarras rebeldes que te dislocaba la cabeza y los brazos, que te distraía la mirada de los complejos, que por un rato se quedaban en el espejo. Déjame que te recuerde cómo te reventaba cada nuevo single en el tímpano, aislada en tus auriculares baratos, de camino al instituto. Y recuerda también cómo se aligeraba el peso de la mochila gracias a la música, a lo lejos que te llevaba. Ese sonido puro de los quince, cuando creías que era la mejor música sobre la faz de la Tierra porque todavía no habías escuchado a Cohen ni a Nina. Entonces creías que Nick era el único que, con su voz desgarrada y aguda, cantaba lo que sentías. Ahora escuchas a Mercury y te duele compararlo, pero sabes que es injusto.
Permíteme que te revuelva las entrañas con unos acordes de Taylor Swift, que te devuelva las lágrimas que derramaste por algún capullo, un exnovio o un amor no correspondido. En sus letras se esconden las escenas de tu pasado, el recuerdo de un llanto ahogado contra la almohada o de un paseo frío con las manos en los bolsillos. Y déjame que te lleve otra vez al asiento trasero del coche de tus padres durante un viaje que no querías hacer porque te alejaba de los tuyos. Enfadado con ellos, contigo, con el mundo entero. Refugiado en el asiento de atrás como en un iglú, viendo las farolas sincronizadas con el beat de tus auriculares que están al límite, al ritmo de Porta o Rayden.
Dame un segundo para retroceder un puñado de años por culpa de Miley, de su primera época que nada tiene que ver con ésta, de cuando eras tú la que sacaba la lengua, pero para burlarte de un profesor en cuanto se daba la vuelta. Y pensabas: ¿qué hago sentada en este pupitre si debería estar llenando escenarios? Eso nunca pasó, ¿verdad? Incluso escogiste seguir en pupitres; ahora con campus y fiestas, pero pupitres al fin y al cabo, no escenarios. Tampoco importa, porque sigues teniendo a tu fiel e incondicional fan; tu ducha, a la que sigues deleitando a viva voz –cuando sabes que estás sola en casa– con las canciones de Disney que marcaron tu infancia. También marcarán tu futuro; unas veces para bien, otras para mal, pero esto ya lo descubrirás en su momento. Ahora tienes 17 otra vez y desgastas el subrayador fosforescente, y no precisamente a base de tomar apuntes. Tu agenda escolar, ella sabe a lo que me refiero. Y también sabe lo mucho que te gustaba La Oreja de Van Gogh, la de los primeros CDs, la de Amaya. Siempre será ella. O las noches que soñabas con que Troy Bolton te dedicara un tanto, o que habrías dado cualquier cosa por colarte en el Hotel Tipton para vivir aventuras con los gemelos.

Permíteme que me haya atrevido a remover una época tan vergonzosa. Te había costado mucho esfuerzo y tiempo enterrarla, seguro. Creías que eran ruinas arqueológicas y, ahora, te parece que fue ayer cuando te flipabas creyéndote Eminem o te sentías mayor por salir al cine con tus amigos. Pues déjame que te diga que no, no fue ayer. Ni tampoco antes de ayer. No… Ha llovido mucho desde que escuchabas a Pereza y saltabas con El Canto del Loco. Y dime, ¿quiénes son ahora? ¿Leiva y Dani Martín?

No quiero que este texto te duela por pensar que todo se acaba y todo se rompe, ya que tu grupo, aunque no fuerais músicos, sonabais a para siempre y al final hicisteis carrera en solitario. Y algunos hasta un máster en olvidar números de teléfono y direcciones. No pasa nada, la vida es así. Quizás mañana Facebook te recuerde que es su cumpleaños y tengas la excusa para abrirle, para revolverte en el fango de los recuerdos. Ves con cuidado, es peligroso reabrir heridas que no se curaron.

Toma este texto como antídoto. Busca en estas palabras el consuelo de que todo sigue vivo por dentro, y quizás te reconforte pensar que unas simples palabras, puestas una tras otra, pueden devolverte a aquel tiempo. Unas simples palabras, una tras otra, pueden hacer música que suena a Jonas Brothers.


Y ahora, puedes seguir escuchando los Beatles…

15 septiembre 2016

Hojas secas.


El olor a hojas secas. Seguro que es un olor al que asocias montones de recuerdos. Es un olor pegado a la nostalgia, al frío agradable, a una paleta de colores bella, fotogénica. Es muy probable que el olor a hojas secas, o incluso el sonido al pisarlas cuando están amontonadas, te haga pensar en la lumbre de una chimenea, si has tenido la suerte de calentarte cerca de una, o que pienses en tu bufanda más mullida y tus guantes favoritos y tu gorrito de lana. Porque el olor de hojas secas, que es como a humedad pero con un toque de simpatía, es evocador, ¿verdad? Seguro que sí. Seguro que has pensado en eso. Y es que el olor a hojas secas es inseparable de todo eso, no te digo que no.

Ahora bien, te propongo un ejercicio. Qué te parece si vamos un paso más allá. Con cuidado eh, que entramos en terreno delicado. Piensa en ese olor a hojas secas, que es como a humedad pero con simpatía, es un olor de tarde más que de mañana, de luz de atardecer e incluso de algunas nubes. De viento fresco. No de brisa marina, no nos confundamos; viento fresco que corta las mejillas pero que tampoco provoca escalofríos. Un frío amable con el que se puede pasear las calles. Piensa en las calles eh, y en las hojas secas amontonadas en el borde de la acera. Bien. Ahora deja de pensarlas y recuerda. Poco a poco, con cuidado. Adéntrate en lo más profundo y encuentra lo verdadero. Ahora me entenderás.
Pasa de largo esa paleta de colores bella; vamos a por el auténtico color de esas hojas secas, a por el auténtico color que desprende su olor, o incluso el sonido al pisarlas. Deja atrás la fotogenia y las postales de otoño, deja de pensar en septiembre y octubre y noviembre y adéntrate un poquito más en un instante atemporal, tu instante atemporal que también es nostálgico. La nostalgia no la sueltes. Aléjate de la chimenea y acércate a los recuerdos, que también dan calor. Búscalos, remueve tus entrañas. Sin miedo, pero con cuidado. Vas bien. Ya casi puedes verlo. Deja que te impregne ese olor que te ha asaltado de improvisto, el de las hojas secas. Deja que te lleve al pasado, que te cure las heridas de la infancia o que te abra las pendientes. Deja que se cuele en tu imaginación y la derrame sin querer queriendo, y que se mezcle con la memoria, y se resbale la nostalgia y se rompa algo dentro de ti. Permite que haya dolor, que escueza un poco para curar luego. Llora, si quieres, es sano.
Es el olor de las hojas secas, el sonido al pisarlas cuando están amontonadas. Es el olor de las hojas secas de ahora y de entonces, y el cosquilleo en el estómago al pisarlas cuando estaban amontonadas, y la sonrisa que se dibujaba por ser un acto tan extraordinario y tan simple a la vez. Un momento tan maravillosamente absurdo y tierno y mágico como es ser un niño pisoteando unas hojas secas, y que te invada su olor y regrese en un futuro, a ti, desprevenido como estás, caminando por la calle. Y te asalten los recuerdos, sean buenos sean malos. Sean los que deban ser, que las hojas secas saben lo que hacen. Abrázalos como abrazabas a tus padres hace años, como te gustaría hacer ahora pero no te atreves, o te parece absurdo o fuera de contexto, o tal vez porque ya no estén aquí. Algún día no estarán, pero el olor de las hojas secas sí. Cierra los ojos y suspira. Hazlo antes de leer las últimas líneas.

(Suspira…)

Mejor, ¿verdad? Quizás hayas viajado, durante los segundos que las hojas secas han querido, al regazo de tu abuela y se han mezclado varios olores de tu infancia, o has recuperado una perla de la memoria en la que tu abuelo te hizo reír o te enseñó algo muy valioso de esta vida pero que tampoco has sabido aplicar, bien porque los tiempos han cambiado o bien porque no solemos escuchar a nuestros mayores. Tal vez hayas sentido el crepitar de las castañas en el fuego, el calor luchando contra el frío primerizo en tus brazos desnudos, en tus piernecitas. O puede que nada de esto haya pasado, que no hayas despegado del suelo del presente, que te haya vencido la realidad de la retórica y no hayas sabido perderte en las palabras.
Puede que no haya hojas secas en tu vida.


Pero estoy seguro de que, tarde o temprano, sentirás el olor de las hojas secas, que es como de humedad pero con simpatía, cuando te desvíes del camino para pisarlas cuando están amontonadas en el borde de la acera.