"Aquel primer y duro verano, mientras sus padres se dejaban la piel en su largo peregrinaje hacia el océano, Mumble encontró un lugar, lejos de las miradas de desaprobación, donde un joven amante del funky podía ser él mismo."

15 septiembre 2016

Hojas secas.


El olor a hojas secas. Seguro que es un olor al que asocias montones de recuerdos. Es un olor pegado a la nostalgia, al frío agradable, a una paleta de colores bella, fotogénica. Es muy probable que el olor a hojas secas, o incluso el sonido al pisarlas cuando están amontonadas, te haga pensar en la lumbre de una chimenea, si has tenido la suerte de calentarte cerca de una, o que pienses en tu bufanda más mullida y tus guantes favoritos y tu gorrito de lana. Porque el olor de hojas secas, que es como a humedad pero con un toque de simpatía, es evocador, ¿verdad? Seguro que sí. Seguro que has pensado en eso. Y es que el olor a hojas secas es inseparable de todo eso, no te digo que no.

Ahora bien, te propongo un ejercicio. Qué te parece si vamos un paso más allá. Con cuidado eh, que entramos en terreno delicado. Piensa en ese olor a hojas secas, que es como a humedad pero con simpatía, es un olor de tarde más que de mañana, de luz de atardecer e incluso de algunas nubes. De viento fresco. No de brisa marina, no nos confundamos; viento fresco que corta las mejillas pero que tampoco provoca escalofríos. Un frío amable con el que se puede pasear las calles. Piensa en las calles eh, y en las hojas secas amontonadas en el borde de la acera. Bien. Ahora deja de pensarlas y recuerda. Poco a poco, con cuidado. Adéntrate en lo más profundo y encuentra lo verdadero. Ahora me entenderás.
Pasa de largo esa paleta de colores bella; vamos a por el auténtico color de esas hojas secas, a por el auténtico color que desprende su olor, o incluso el sonido al pisarlas. Deja atrás la fotogenia y las postales de otoño, deja de pensar en septiembre y octubre y noviembre y adéntrate un poquito más en un instante atemporal, tu instante atemporal que también es nostálgico. La nostalgia no la sueltes. Aléjate de la chimenea y acércate a los recuerdos, que también dan calor. Búscalos, remueve tus entrañas. Sin miedo, pero con cuidado. Vas bien. Ya casi puedes verlo. Deja que te impregne ese olor que te ha asaltado de improvisto, el de las hojas secas. Deja que te lleve al pasado, que te cure las heridas de la infancia o que te abra las pendientes. Deja que se cuele en tu imaginación y la derrame sin querer queriendo, y que se mezcle con la memoria, y se resbale la nostalgia y se rompa algo dentro de ti. Permite que haya dolor, que escueza un poco para curar luego. Llora, si quieres, es sano.
Es el olor de las hojas secas, el sonido al pisarlas cuando están amontonadas. Es el olor de las hojas secas de ahora y de entonces, y el cosquilleo en el estómago al pisarlas cuando estaban amontonadas, y la sonrisa que se dibujaba por ser un acto tan extraordinario y tan simple a la vez. Un momento tan maravillosamente absurdo y tierno y mágico como es ser un niño pisoteando unas hojas secas, y que te invada su olor y regrese en un futuro, a ti, desprevenido como estás, caminando por la calle. Y te asalten los recuerdos, sean buenos sean malos. Sean los que deban ser, que las hojas secas saben lo que hacen. Abrázalos como abrazabas a tus padres hace años, como te gustaría hacer ahora pero no te atreves, o te parece absurdo o fuera de contexto, o tal vez porque ya no estén aquí. Algún día no estarán, pero el olor de las hojas secas sí. Cierra los ojos y suspira. Hazlo antes de leer las últimas líneas.

(Suspira…)

Mejor, ¿verdad? Quizás hayas viajado, durante los segundos que las hojas secas han querido, al regazo de tu abuela y se han mezclado varios olores de tu infancia, o has recuperado una perla de la memoria en la que tu abuelo te hizo reír o te enseñó algo muy valioso de esta vida pero que tampoco has sabido aplicar, bien porque los tiempos han cambiado o bien porque no solemos escuchar a nuestros mayores. Tal vez hayas sentido el crepitar de las castañas en el fuego, el calor luchando contra el frío primerizo en tus brazos desnudos, en tus piernecitas. O puede que nada de esto haya pasado, que no hayas despegado del suelo del presente, que te haya vencido la realidad de la retórica y no hayas sabido perderte en las palabras.
Puede que no haya hojas secas en tu vida.


Pero estoy seguro de que, tarde o temprano, sentirás el olor de las hojas secas, que es como de humedad pero con simpatía, cuando te desvíes del camino para pisarlas cuando están amontonadas en el borde de la acera.

17 agosto 2016

Dos cuerpos suspendidos en el aire.


Dos cuerpos suspendidos en el aire. Los pies anclados al terrado para no salir volando y los brazos alrededor de la cintura para detener el viento, para abrazarse un decenio más. Sus ojos cerca, reinventando el cíclope de Cortázar, pisoteando la literatura con versos baratos. Les gusta improvisar sonetos, a veces relatos, a veces sólo palabras. Una tras otra, intentando capturar en esa cadena algún que otro sentimiento parecido al que les golpea el pecho y les rasca los lacrimales. Palabras capaces de describir la belleza que se escapa de sus ojos marrones, con toques claros los de ella, de sus pestañas que los esconden a ratos en un juego travieso y macabro que a él le vuelve loco. Palabras que se acerquen a sus mejillas que piden mordiscos a gritos, a sus mejillas donde viven duendecillos invisibles que, como entre las bambalinas de un teatro, tiran de unos hilos para levantar sus comisuras, el telón de su sonrisa. Y el espectáculo es impresionante. Su risa, su risa tonta y su risa sincera, su risa de los domingos, su risa de niña mayor. Sus labios como estanterías donde guardar todos sus registros del reír, su catálogo de diversiones, siempre a su lado.

Dos cuerpos suspendidos en el aire, a pocos centímetros del suelo. Sus pies desnudos, sus almas descalzas. Sus miradas perdiéndose en un siglo de recuerdos de habitación. Sus dedos queriendo atrapar sus minúsculos miedos y chafarlos como a insectos, derrotarlos como a soldados heridos, sin la piedad que tanto conocen los sabios. Sus dedos inconscientes y jóvenes que sólo piensan en sexo y que lo buscan, y sus manos cómplices de la travesura, que tan bien conocen el camino hacia el final de su espalda, y se saltan los peajes del decoro y derrapan en sus curvas, al borde de un precipicio peligroso y tentador. Sus cuellos encorvados, las mejillas sobre el hombro del otro. Y un baile que nace del viento, como un vals de boda futura, como un juego de niños que nadie debe ver. Un momento tan puro y bello que no merece interrupción ni palabras. Se permiten un beso o dos pero dejan que el silencio se haga con ellos, que los sentimientos que se describen con mudas consonantes les sobrecojan los corazones, se los estrujen y los lancen lejos para tener que ir buscarlos como perros con ganas de jugar, como jóvenes sin miedo a perderse, sin miedo a la muerte. Como riesgo intrínseco de la vida por el que están dispuestos a pasar, a veces de puntillas, a veces remangándose la pernera y metiendo la pata hasta el fondo.


Dos cuerpos suspendidos en un aire que huele a domingo, que cae el sol como caen los minutos, que amenaza con hacerse de noche en un descuido. Un viento que se levanta fresco y veraniego pero con reminiscencias de un otoño que tarde o temprano llegará. Y que llegue, que aquí lo esperan. Un otoño que perderá las hojas y le saltarán los colores, un otoño que se sumará al contador, que se meterán en el saco de los otoños compartidos. Porque ésa es la única intención de esta tarde, de esta vida; compartirla. Sentirse vivos en una mirada, sentirse a salvo en un abrazo y morir de asfixia en un beso. Sentirse, el uno al otro, nada más. Quedarse suspendidos, sólo un rato más, como dos globos que se escapan de las manos de unos críos y se elevan al cielo, sus cordeles entrelazados, dispuestos a vivir una aventura lejos de todo, allí arriba, libres y juntos. Felices. Azules al abrir los ojos.

15 marzo 2016

Incendio.


Duró lo que tenía que durar, pero me supo a poco. Creo que a ella también.

La nuestra es una historia que se explica rápido. Nos conocimos en un bar, como muchas otras parejas. Yo había entrado a pedir cambio a la camarera. Ella estaba sentada en una de las mesas, sola. Leía. El pelo recogido y el humo del café queriendo acariciárselo. Recuerdo eso. Y sus dedos, que me parecieron delicados y firmes a la vez, como de haber empuñado bolígrafo en la universidad o tomado notas en una rueda de prensa. Eran dedos con carácter, a mi parecer. Pero los recuerdo sobre la cucharilla, removiendo el café con una gracia y una ternura propias de un artesano. Podría decir que todo esto pasó a cámara lenta, pero en realidad fue un instante.

Sería precioso decir que su visión me cegó y Cupido me atacó por la espalda. Pero no fue así. La camarera estaba tan ocupada que ni se había percatado de que estaba ahí, en la barra, esperando a ser atendido. Así que me acerqué a la mesa más cercana.
La saludé con timidez y casi no le di tiempo a reaccionar. Le pedí lo que necesitaba; cambio de 10€ en monedas, por favor. Ella leyó un par de líneas más, las que le faltaban para terminar aquella página. Puso el punto de libro y lo cerró. Fueron cinco segundos, quizás seis. Diez. Si hubiese necesitado aquellas monedas para extinguir un incendio, el edificio se habría calcinado. Sin embargo, yo no tenía prisa ninguna. Y creo que fueron aquellos segundos –que a mí me parecieron gloria– los que me enamoraron de ella. Su afronta a un mundo que no se detiene, que tiene prisa pero que debe respetar su lectura como quien venera a un dios. Su total falta de servidumbre hacia el extraño que le pedía un favor, su actitud sosegada y su pataleo interno por tener que detener su lectura –lo vi en sus ojos, y con el tiempo supe lo peligroso que era interrumpirla cuando leía– me cautivaron. Sonreí como el año pasado, que fue un buen año –éste estaba siendo una mierda y llevaba meses sin encontrar un motivo para sonreír. Una rebeldía mía–.
Me dio las monedas que necesitaba y me despedí si quererlo. Ella casi ni me miró; volvió a sumergirse en su libro y pude ver que aquella burbuja era mejor no pincharla. Me alejé unos pasos sin darle la espalda, como si no confiase del todo en su abstracción y fuese en realidad una trampa, una estrategia de caza –y yo me habría dejado apresar sin resistencia–. Un mordisco en la yugular, un arañazo en la espalda. Cualquier cosa me habría valido.
Pero para ella yo ya estaba en otro planeta, muy lejos de allí. Y, sin embargo, no había fuerza capaz de moverme ni ley universal que explicara aquello. No hubo pinchazos en el corazón ni mariposas en ningún sitio. Solamente un cortocircuito cuya consecuencia era quedarme ahí de pie, como un tonto esperando un caramelo.

Sin pensármelo dos veces –ni una– me senté frente a ella. Aún tardó unos segundos en mirarme, los que necesitó para terminar aquella página. Luego alzó la vista. Recuerdo que sus ojos estaban manchados de palabras como sus labios de espuma de café. Se relamió y me derretí. De un parpadeo borró todas las palabras de sus pupilas y apareció mi reflejo. Y me recompuse.
Esbocé una sonrisa; genuina y a todas luces necia. Ella no respondió al gesto. Ninguno de los dos habló. Ninguno de los dos se percató de que el café ya no humeaba, ni de que el sol se reflejaba en el azucarero, ni de que nuestros pies estaban a pocos centímetros de pisarse, con ganas. Ninguno de los dos supo que decir, supongo, o no quisimos decir nada. Por no estropear el momento. Por no rompernos la ilusión, por no apagar una sonrisa que llevaba meses apagada. La mía. La suya seguía escondida, quizás entre las páginas del libro.

Nos miramos durante una década. Se nos hizo de noche en los ojos y amanecimos ancianos, pero juntos. Hubo silencio de bar y un roce invisible. Se colaron varios meses en un pestañeo y lo que se antojaba el inicio de una palabra sólo fue un suspiro largo y profundo, un suspiro de alivio al vislumbrar la orilla. Un suspiro que duró un par de siglos, por cierto.


Y nos dimos un beso que duró tres años. Tres años que me supieron a poco. Y creo que a ella también.